Estimado empresario, en todos los años de colaboración con el Dossier Econòmic, si de un tema he escrito es de gobierno de la empresa ( 38 artículos en la categoría gobierno de la empresa ). Hasta el año 2003, en plena crisis de Enron, editamos un monográfico, dentro de la Colección Claves, dedicado a este tema, de los contenidos del cual fui coordinador y asesor. Recientemente mí he vuelto a referirse en dos artículos: uno de abril del 2008 titulado Crisis de confianza y otro de noviembre, La mano visible . Pues bien, en el artículo de esta semana, a raíz de la desgraciada historia que tiene que vivir una de las instituciones más emblemáticas de Cataluña, hablo otra vez y ahora casa.
Porque, querido amigo mío, la desgraciada historia es la consecuencia de un mal ejercicio del gobierno de la organización, y cuando estoy escribiendo esta frase no quiero remover la herida de quienes tenían la responsabilidad de ejercerlo, sino que pretendo concienciar sobre su importancia.


Palau de la Música Catalana
Lluís Domènech i Montaner (1905-1908)
Patrimonio de la Humanidad
Tanto en entidades con ánimo de lucro o sin ánimo de lucro, el gobierno siempre tiene la misma función: ejercer en nombre de otros - accionistas, patrones o asociados - la dirección de la organización y controlar que el equipo ejecutivo la cumple, tanto en términos estratégicos, es decir de proyecto, como en la manera en que lo está ejecutando. Las reglas de juego entre el órgano de gobierno - consejo de administración, junta, comisión delegada o el nombre que sea - y el primer ejecutivo están claras, o deberían estar: nosotros te decimos hacia dónde tienes que ir , tú nos llevas, pero te controlamos cómo nos llevas, y te controlamos porque tenemos que responder ante terceros que son los que nos delegan su soberanía. Y eso de esta manera y, cuando no va, pasa lo que pasa.
No vale apelar a la confianza en la persona para justificar lo ocurrido. Precisamente porque hay confianza se rinden cuentas - no tengo nada que ocultar - y los que confían pueden estar tranquilos porque conocen la realidad. Recurrir a la ingenuidad, a la traición, la deslealtad, etc. es querer justificar la falta de diligencia, concepto, en este caso, perfectamente definido en el Informe Aldama del año 2003 (Los deber de diligencia). Ser miembro del órgano implica unas responsabilidades, a veces retribuidas otros no. En este último caso, si lo haces, hazlo con diligencia y, si no, no es necesario que lo hagas, nadie te obliga, pero sé consciente de lo que conlleva.
Una vez más del gobierno de las organizaciones sólo hablamos cuando falla, cuando hay crisis institucionales (empresariales o de otro tipo) que ponen de manifiesto la falta de profesionalidad en el ejercicio del control. Aprenderemos algún día?
Josep Albet





















23/10/2009 a las 15:04
Creo que para aprenderlas debemos tener claro que, no podemos subordinarnos como personas frente a otras por su rango, rol, o privilegios visibles. Los tenemos que tratar como iguales respetando la capacidad de aportar valor a la sociedad en la que vivimos y no por simbologías y apariencias.
También quizás hemos recordar que los privilegios no tienen ningún valor si los comparamos con la tarea verdadera de contribución mensurable de una persona, gerente, directivo o empleado en un proyecto social, cultural o económico.
25/10/2009 a las 17:47
Amigo José, casos como el del Palau, son buenos para que los que no hemos reflexionado tanto como los expertos, nos damos cuenta de que más allá de la lógica de la gestión diaria, es necesario que todo el mundo sepa dónde es y lo que le corresponde de hacer. En el sector de la salud en el que hemos visto, cuando no participado en mil y un proyectos "de buena fe", pensados o explicado para superar los acefàlics controles de proceso y no de resultado, podemos encontrar ejemplos de inhibición de funciones, en cuanto no de absentismo doloso, no al servicio de una función social, si no de la táctica más inmediata de algún visionario que a menudo ha terminado mal. Por eso agradezco que, con una delicadeza sorprendente para los tiempos que corren, nos sugieras una reflexión sobre la gobernación y la gestión y lo complejo que se justificó la gobernación exclusivamente desde lo instrumental y sobre todo sobre el hecho de que rendir cuentas es la verdadera expresión de confianza y el contrario se expresión de complicidad más o menos "estratégica" y que esta reflexión resulte de un hecho tan distorsionando como el del Palau / Millet
26/10/2009 a las 17:20
No es suficiente ser designado como máximo responsable para una Institución sólo por el hecho de tener confianza, (y menos cuando hay intereses políticos y partidistas de por medio).
Hay también mérito profesional, saber hacer. No es suficiente la forma y las relaciones, también es fundamental el fondo.
El máximo responsable en el Palau ha suspendido en todo, en la estética y en la ética. Habían puesto una persona poco eficaz profesionalmente, nada ética, que no se merecía la confianza de nadie.
Pero tampoco se salvan los que permitieron esta situación durante tantos años, donde nadie (?) Se dio cuenta de nada, parece ser. Estos también han suspendido.